Disfonía Funcional
- Silvia J. Vilaña García (Silvia V.G)

- 20 dic 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 2 días
Para mí, somatizar es el proceso por el cual una carga emocional, muchas veces sostenida en el tiempo, termina expresándose en una parte concreta del cuerpo.
En el caso de la voz, ese lugar suele ser la laringe.
La disfonía funcional no es solo dolor, ronquera o una voz distorsionada. Es una alteración de una función básica: la voz como herramienta de comunicación. Cuando falla, no solo cambia cómo sonamos, sino cómo nos expresamos, nos relacionamos y nos posicionamos ante los demás.
El primer impacto: “me duele, he perdido la voz”
Cuando una persona se enfrenta por primera vez a una disfonía funcional, raramente le da importancia al factor emocional como una posible causa. El foco inicial suele estar en lo evidente:
“Me duele la garganta. “La voz no me responde.”
Tras una evaluación por parte de Otorrinolaringología y descartada patología orgánica, muchas personas son derivadas a mi consulta para rehabilitar la función vocal. Y utilizo conscientemente la palabra función, porque la voz no es solo sonido: es respiración, postura, coordinación, emoción y hábito.
¿Qué hay detrás de una disfonía funcional?
En la práctica clínica, la disfonía funcional suele estar asociada a patrones aprendidos a lo largo de la vida que pasan desapercibidos…, hasta que la voz empieza a fallar.
Entre los más habituales encontramos:
Postura inadecuada, que altera el flujo de aire desde la tráquea hasta la cavidad oral.
Respiración no costo-diafragmática.Aunque existen opiniones diversas, desde mi experiencia clínica trabajarla sí aporta beneficios: mejora la conciencia corporal y el control vocal, aunque no siempre llegue a automatizarse por completo.
Escasa movilidad de los resonadores orales (labios y lengua), lo que obliga a forzar la laringe para hacerse entender.
Contención del aire, con tendencia a inspirar sin permitir una espiración funcional.
Exceso de aspiración oral, que reseca las vías aéreas.
Alteraciones del ritmo del habla: bradilalia o taquilalia.
Gritos o sobreuso vocal.
Estado emocional sostenido: tensión en hombros, cuello, clavículas y cabeza que desajusta la mecánica laríngea y los pliegues vocales.
Otros factores moduladores: edad, hábitos alimentarios, consumo de alcohol o tabaco, profesión, enfermedades asociadas, etc.
La disfonía funcional, en definitiva, es la suma de cuerpo, emoción y hábito.

¿Y el COVID? Un ejemplo actual a tener en cuenta
En los últimos años, y especialmente tras la pandemia, hemos observado un aumento de disfonías funcionales en personas que han pasado la COVID-19.
En algunos casos, una vez descartada afectación pulmonar u orgánica, aparece un patrón conocido: tensión generalizada, estado de alerta mantenido, sensación de ahogo y miedo corporal… que acaba manifestándose en la laringe y en la voz.
Por eso es fundamental insistir: siempre debe realizarse una valoración médica previa antes de hablar de disfonía funcional.
¿Qué puedo hacer si me identifico con esto?
La recuperación vocal no depende de un único factor. El tratamiento logopédico, junto con el seguimiento por Otorrinolaringología y, en muchos casos, Fisioterapia, es clave. Pero no lo es todo.
Se trata de un proceso activo y diario, orientado a desarrollar conciencia y propiocepción de:
Respiración
Postura
Articulación
Prosodia
Higiene vocal
Hábitos de vida y alimentación
El objetivo no es solo recuperar la voz, sino aprender a usarla sin dañarla.
Si este contenido te ha resonado, te invito a visitar mi web y escuchar el podcast que amplía este tema desde una mirada clínica, cercana y basada en experiencia real.







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